Llevaba el alma en pausa, en silencio,
buscando un corazón que me diera el sí,
un reto de cariño, un nuevo inicio,
un puerto donde echar el ancla y ser feliz.
Fui a un lugar de sombras y de jaulas,
donde muchos pedían voz y caridad,
pero tú estabas sola, hecha un ovillo,
temblando en la penumbra, sin mirar.
Me dijeron que huyera, que eras brava,
que tu pasado estaba escrito con dolor,
pero al mirarte supe que ese miedo
no era tuyo, sino de quien te hirió.
Sentí tu frío y me dolió por dentro,
me vi en tus ojos, en tu huida, en tu rincón,
y supe que si te abría aquella puerta,
también me estaría abriendo el corazón.
Te traje a casa, a mi pequeño valle,
y te escondiste bajo el mismo miedo,
sin maullar, sin pedir, solo silencio,
mientras yo te dejaba el plato y el respeto.
Te miraba de lejos, por la cámara,
buscando un gesto, un paso, una señal,
hasta que una noche subiste a mis piernas,
huyendo al despertar, pero volviendo a intentar.
Pediste una gamba, pediste confianza,
corriste como loca por el baño, en libertad,
y yo, que solo quería darte un techo,
empecé a sentir que me empezabas a salvar.
Te puse un nombre que guarda un viejo eco,
un sonido suave que nos une a los dos,
porque tú eras mi reto, mi alma gemela,
y yo me convertí, por fin, en tu voz.